jueves, 28 de abril de 2016

Qué Cosa es un Caso...

La pregunta acerca de qué (cosa) es un caso clínico me lleva directamente a pensar la práctica analítica en su conjunto; esto implica la posición en la que se ubica el analista tanto como el lugar en el que se aloja el analizante. También podemos aseverar que no todos los sujetos que se acercan a la consulta se constituyen como analizantes; es decir que nos preguntamos cuáles son los elementos que tienen que aparecer en el dispositivo analítico para que dicho sujeto se ubique bajo el significante de “analizante” y cumpla con ello una función específica: la de hablar y tratar de implicarse subjetivamente en algo que lo toque con su modalidad de goce.
Claro que éste proceso no se lleva a cabo de inmediato, sino que tienen que darse algunos factores para que esto ocurra. Uno de éstos factores es el de la transferencia; es decir ese lazo que de alguna manera causa  tanto al deseo del analista como al del analizante.
Si hablamos de transferencia debemos pensar en la forma en que Lacan la definió y, siguiendo ese lineamiento, pensar como se hace de eso un caso de presentación clínica.
Lacan habla de transferencia en función del amor; es decir, él la define como amor a un saber. Sabemos que el psicoanálisis rompe con la idea de que el saber existe y se lo puede captar e instaura una línea de pensamiento que tiene que ver con un saber que en realidad está en falta; y que toda estructura parte de un conjunto al que algo le falta; hay un resto dice Lacan, algo que se pierde y que pasa a formar parte de la mitología del sujeto.
Dijimos hace un momento “amor a un saber”; con esto podemos introducir la conceptualización lacaniana de que existe un sujeto-supuesto-saber (SsS), en el cuál se ubica la figura del analista, que ofrece una escucha.
Pero me pregunto: ¿Qué sabe el analista?. Un sujeto viene a la consulta porque algo le hace ruido, porque (como diría Lacan) algo del mundo no anda bien o porque, como suele decirse en psicoanálisis, hay algo de la vacilación del fantasma que causa en el sujeto una pregunta que lo lleva a consultar.
Piensa, en su fantasma, que la figura del analista sabe, ¿Qué sabe?: sabe sobre su goce, tiene ideas acerca de por qué sufre, tiene las respuestas.
Todo este bagaje de elementos hacen a que el sendero de la transferencia se ponga en marcha, transferencia que muchas veces comienza siendo imaginaria (no sin dejar de ser real y simbólica) y que demandan del analista ciertas certezas sobre dicha problemática.
Está claro que aquí la posición del analista entra en juego porque se le demanda un saber, un supuesto saber que (como todo engaño neurótico) no tiene.
Ahora bien, al principio nos preguntamos acerca del caso clínico, y cabe destacar que la transferencia, la demanda, el goce (de la repetición) y el fantasma hacen que se genere una situación analítica (o por lo menos en algunos casos). Sin embargo no todos los analizantes constituyen la elección para ser pensados como un caso clínico.
Tiene que existir algo del orden del deseo del analista que toque algún punto en su real, que lo implique subjetivamente para que pueda elevar dicho discurso a un nivel de ser presentado como caso; es decir, el analista trabaja con su fantasma, con su experiencia y está atravesado por un deseo.
Dicho deseo lo lleva a pensar si el discurso que éste está escuchando sirve para posicionarlo como caso clínico. Un caso tiene que tener características del orden de poder ser generalizado teóricamente y que éste también sirva para echar luz sobre conceptos que aún siguen siendo motivo de investigación.
El caso debe tener los elementos para que pueda atravesar esas barreras que están detenidas. Esto también genera un problema ya que hablar de generalización en psicoanálisis es muy controversial.
Partimos de una escucha singular, de un goce que no se repite en otro sujeto; entonces nos preguntamos cómo hacer para que de un caso se pueda universalizar dichos elementos.
El caso tiene que servir para pensar la problemática del sujeto, partiendo del discurso de uno solo.
Si pensamos al psicoanálisis desde una terapéutica de lo Real, del tratamiento de lo Real por lo simbólico cabe destacar que dicho Real es una presencia única e inerte que se encuentra alojada en el discurso del analizante.
Para constituir un caso clínico es importante que el analista pueda escuchar algo del orden de éste Real, siempre mediado por la palabra, y que esa verdad (fallida) pueda transcribirse para ser presentada.

Sucede que dicho movimiento también se encuentra mediatizado por el deseo y el fantasma del analista y sin-saberlo genera él mismo el espacio para que se ponga en marcha el motor del análisis.

lunes, 21 de marzo de 2016

Un Padre y su Nada


Una experiencia. Fue una experiencia extraña, no sé cómo pero me sentí atravesado por lo que ocurría en el escenario, esa nada misma que también afectaba a los personajes.
La obra: El Padre. Un sujeto al que poco a poco le van desapareciendo las palabras, un sujeto al que le cuesta mucho seguir sujeto a un discurso "coherente". Pero, yo me preguntaba: ¿Cual discurso lo es?¿Que quiere decir ser coherente?¿correcto?¿estable?
Podía pensar que le servía para tener un lazo social, estar involucrado en su familia. Pero él ya no reconocía nada de eso, se preguntaba una y otra vez de qué se trataba su mundo, qué quería decir eso que le decían que le habían dicho.
Cómo podría pensar la realidad de éstos personajes. Porque, en definitiva, me pregunto por la realidad misma, mi realidad; ¿es mía?¿Que pasaría si estoy equivocado?¿Estoy?
Andrés (El Padre) ya no estaba ahí, o por lo menos pensé que lo que quedaba era un resto, una sombra de lo que alguna vez fue. Pero todos somos un resto, uno de otro, del Otro.
Me sentí en un sueño, uno del que no quería despertar, ¿Por que?.
Desde la cuarta fila del salón, no pude responder esa pregunta. Aun que quizá eso solo sirva como pregunta. Volví sobre mis pies; el protagonista habla de la realidad como un árbol al que, con el tiempo, se le vuelan las hojas, las palabras, el sentido.
Me pareció horroroso y quise despertar, angustiado. Pero ¿por que me angustié? Quizá fue la muerte, ¿que muerte? ¿la del protagonista o la mía?.
Él fue el paradigma de una verdad, de una certeza, de lo que ocurre con el olvido.
Ahora escucho una música y pienso en eso ¿que va a pasar cuando la banda deje de toca?¿donde queda el lenguaje?. Qué hago con esa nadería que me habita, que me toma.
Sentado, ahí en esa butaca, rodeado de extraños, imaginé una belleza. Pero, qué puede tener de lindo una muerte, un deterioro, el olvido de las cosas, de la gente, del mundo, de mi mismo. ¿Puedo olvidarme de mí?.
Y la Nada me invadió, hizo conmigo lo que quiso, me angustió y me habló desde el escenario.

En ese momento todo adquirió sentido para mi. Fue una experiencia de muerte lo que me angustió y lo que me dio esa idea de belleza infinita, esa idea de ser el sujeto que seré.

domingo, 22 de noviembre de 2015

De Nietzsche...



No puede pensarse a un Dionisio sin su Apolo; es decir que ninguna de las dos deidades mitológicas puede aparecer en el sujeto por separado. Sin embargo, de vez en cuando alguna somete a la otra en una cuestión que hace a la voluntad de poder misma.
Lo dionisiaco hace a todo aquello que implica un desmadre, algo sin forma, algo que no tiene un orden, algo que en el sujeto puede considerarse como mítico pero que, sin embargo aparece en lo mas superficial y concreto de la vida cotidiana. 
Apolo, su némesis histórico, no viene a oponerse a todo eso como suele pensarse. Apolo es ese sacrificio que el ser-hablante debe realizar para caer dentro del universo del lenguaje.
El lenguaje lo toma, es cierto, y no puede hacer nada(o casi nada) contra eso; salvo realizar una elección de cómo engancharse a esa cadena discursiva que lo representa y lo pone en jaque.
Apolo es la ley, es el significante. 
Y la  verdad, si es que algo como eso existe, está ubicada en ese espacio que se genera desde la entrada de Apolo en el cuerpo y su fusión con Dionisio.

jueves, 12 de noviembre de 2015

wie süchtig



Hablar de adicciones es siempre hablar de una cuestión bastante controversial, debido a que es un tema que hoy en día está siendo abordado desde diferentes perspectivas tanto teóricas como práctica. Sin embargo, me remito a estas breves líneas para realizar un comentario sobre mi perspectiva psicoanalítica sobre dicho tema.
En primer lugar, pienso que es incorrecto hablar de adicciones ya que dicha palabra, en mi opinión, hace referencia a que existe algo por fuera del sujeto (“enfermedad” como suele llamarse) que lo invade al mejor estilo virus médico y lo deja sin posibilidad de reacción frente al mismo, es decir, creo que es una manera de eludir la responsabilidad o rectificación subjetiva que dicho sujeto debe asumir (un deber que no es el deber kantiano sino un deber que hace a su propia ética del goce).
Por ende, me parece que es preferible hablar de Lo adictivo haciendo referencia a todo elemento significante que venga a ocupar ese lugar para “taponar” esa falta de objeto primitiva.
Para continuar con éste comentario voy a hacer una referencia a la palabra “adicción” que, muchas veces, es definida como a-dicción, es decir, que con el prefijo “a” denuncio el “sin” o sea la adicción entendida como falta de palabra.
Otra definición de la palabra nos implica al latín que la enuncia como “adictus”, y se menciona que en la antigüedad el adictus era el esclavo; cuando un sujeto no tenía cómo saldar su deuda monetaria con un acreedor, éste se ofrecía como su esclavo para saldar esa deuda.
Todo ésta pequeña introducción me sirve para abordar el texto freudiano que elegí sobre el tema. Es, quizás, difícil encarar la cuestión desde un solo trabajo de Freud ya que no existe uno solo como tal, sino que a lo largo de la obra de Freud, éste va haciendo comentarios y conexiones entre sus elementos teóricos y la cuestión adictiva.
Sin embargo, y para comenzar, voy a remitirme a la carta 79 que Freud le envía a Fliess, fechada en 1897 donde dice lo siguiente: “Se me ha ocurrido que la masturbación es el primero y único de los grandes hábitos, la “protomanía”, y que todas las demás adicciones, como la del alcohol, la morfina y el tabaco solo aparecen en la vida como sustitutos y reemplazantes de aquélla”.
Podemos entonces hacer una referencia a que existe un primer acto masturbatorio que es mítico, y que en el momento en el cuál se pierde comienzan a aparecer objetos que cumplen una función sustitutiva de aquél y único acto de la existencia.
En éste punto hay que hacer una aclaración; o más bien una diferenciación entre lo que se entiende por onanismo y por masturbación. El acto onanista implica una ausencia de representación; es decir nos habla de una pura y simple descarga por inercia.
En cambio, la masturbación aparecería como en un segundo momento subjetivo en el cual hay un engarce con un significante que lo represente. Dicho engarce, siempre va a estar fallido por lo cual los objetos pasan a ser metonímicos y se desplazan intentado satisfacer algo que está faltando ahí.
Hay que aclarar, en éste punto, y al mejor estilo freudiano que existen puntos de fijación dentro de los cuales la pulsión genera cierto recorrido que se diferencia con todos los recorridos de cada sujeto adicto (aunque sea a la misma sustancia) y es ahí donde aparecen cada uno de los significantes a los cuales dicho sujeto se aliena y “consume”, es decir el sujeto es consumido y obnubilado por ese objeto.
Voy a tomar ahora un interesante texto de Héctor López llamado “las adicciones, sus fundamentos clínicos”, donde dicho autor nos arroja cierta luz sobre lo que venimos hablando.
El autor en cuestión dice: “No es la adicción a las drogas la que produce, ante su falta, la abstinencia, sino que es la abstinencia como falta estructural del objeto, la que produce necesariamente un objeto adictivo como suplemento. Hasta el amor obsesivo fue comparado por Freud a una intoxicación duradera”.
Hablamos, entonces, de ciertos amores locos y de cierta embriaguez que se el sujeto siente en el cuerpo y que no puede entender el por qué. Hablamos de una falta inaugural que deja tras de sí un vacío, un espacio que no puede ser llenado, un lugar que podemos definir de agujero por donde pasan todas esas cuestiones que hacen de una cosa, un ser-hablante.
Sin embargo, en éste punto se nos presenta un problema debido a que según ésta línea de pensamiento todos los sujetos por ser sujetos serían adictos; y escuchamos que si bien un sujeto puede tomar una copa de vino no necesariamente debe dejarse tomar él mismo por ésta copa de vino.
En un texto de Freud, muy interesante, acerca de la elección de las neurosis, éste nos habla de que existen por ejemplo factores que al sujeto lo predisponen hacia un cierto recorrido y puntos de fijación que lo condicionan para su vida futura.
Por otra parte, en “duelo y melancolía”, dice que cuando la falta de objeto se torna insoportable, deben intervenir otros mecanismos de defensa entre los cuales menciona la intervención de los tóxicos a la manera de una solución paliativa y temporal para el dolor.
Creo, para ir finalizando mi comentario, haber hecho un cierto planteamiento de cuestiones que me interesan por el simple hecho de dejarlas planteadas.
Remontarnos al origen del origen es imposible, por lo cual hay ciertos puntos que no creo accesibles simplemente porque se encuentran en falta. Es un saber que no está ahí; por ende más que revelar conclusiones u otorgar respuestas, me interesa que nos hagamos preguntas; preguntas que sirvan solo como preguntas para poner en cuestión el tema adictivo.
Lo dionisíaco de cada sujeto no puede existir sin lo apolíneo; es decir que nunca tendríamos noticia de La cosa si no fuese por la ley, por aquello que ordena, aquello que canaliza la pulsión hacia un determinado lugar y de cada goce en particular; y que dicho sujeto pueda decir algo al respecto corriéndose (aun que sea un poco) de ese lugar de esclavitud.

Matias Spera

viernes, 6 de febrero de 2015

Diálogo entre un sacerdote y un moribundo

Marqués de Sade...

El Sacerdote:  Llegado el instante fatal en que el velo de la ilusión sólo se desgarra para dejar al hombre reducido al cuadro cruel de sus errores y sus vicios, ¿no te arrepientes, hijo mío, de los múltiples desórdenes a los que te condujo la humana debilidad y fragilidad?

El Moribundo: Sí, amigo mío, me arrepiento.

 El Sacerdote: Pues bien, aprovecha estos remordimientos felices para obtener del cielo, en este corto intervalo, la absolución general de tus faltas, y piensa que es por la mediación del santísimo sacramento de la penitencia que te será posible obtenerla del Eterno.

El Moribundo: No nos comprendemos.

El Sacerdote: ¡Cómo!

El Moribundo: Te he dicho que me arrepentía.

El Sacerdote: Así lo oí.

El Moribundo: Sí, pero sin comprenderlo.

El Sacerdote: ¿Qué interpretación?...

El Moribundo: Ésta... Creado por la naturaleza con inclinaciones ardorosas, con pasiones fortísimas, únicamente colocado en este mundo para entregarme a ellas y para satisfacerlas, y estos efectos de mi creación no siendo más que necesidades relativas a las primeras vistas de la naturaleza, o, si lo prefieres, sólo derivaciones esenciales de sus proyectos sobre mí, todos en razón de sus leyes, sólo me arrepiento de no haber reconocido bastante su omnipotencia, y mis únicos remordimientos sólo se refieren al mediocre uso que hice de las facultades (criminales según tú, según yo muy simples) que ella me había dado para servirla. La he resistido algunas veces, de eso me arrepiento. Cegado por tus sistemas absurdos, con ellos combatí toda la violencia de los deseos que había recibido de una inspiración más que divina, de eso me arrepiento. Coseché sólo flores cuando pude hacer una amplia cosecha de frutos... Estos son los justos motivos de mi pesar. Estímame en algo para no atribuirme otros.

El Sacerdote: ¡A dónde te arrastran tus errores, a dónde te conducen tus sofismas! Prestas a la cosa creada todo el poder del creador. ¿No ves que esas desdichadas tendencias que te extravían no son más que efectos de la naturaleza corrompida, a la cual atribuyes toda la potencia?

El Moribundo: Amigo, me parece que tu dialéctica es tan falsa como tu espíritu. Quisiera
que razonaras más exactamente o que me dejaras morir en paz. ¿Qué entiendes por creador, y qué entiendes por naturaleza corrompida?

 El Sacerdote: El Creador es el dueño del universo, es él quien lo ha hecho todo, lo ha creado todo, y quien conserva todo por un simple efecto de su omnipotencia.

El Moribundo: Es un gran hombre, sin duda. Pues bien, dime por qué este hombre, que es tan poderoso, ha hecho, sin embargo, según tú, una naturaleza corrompida.

El Sacerdote: ¿Cuál hubiera sido el mérito de los hombres si Dios no les hubiere dejado su libre arbitrio, y qué mérito hubiesen tenido para disfrutarlo si no hubiera habido en la tierra la posibilidad de hacer el bien y la de evitar el mal?

El Moribundo: Así, pues, tu dios ha querido hacerlo todo oblicuamente sólo para tentar o probar a su criatura. ¿No la conocía, pues no sospechaba el resultado?

El Sacerdote: Sin duda que la conocía, pero una vez más quería dejarle el mérito de la elección.

El Moribundo: ¿Para qué, desde el momento que sabía el partido que tomaría y sólo dependía de él, ya que le proclamas tan omnipotente, y sólo dependía de él, repito, el hacerla tomar el bueno?

El Sacerdote: ¿Quién puede comprender los designios inmensos e infinitos de Dios con respecto al hombre, y quién puede comprender todo lo que vemos?

El Moribundo: Aquel que simplifica las cosas, amigo mío, sobre todo aquel que no multiplica las causas para mejor enredar los efectos. ¿Para qué necesitas una segunda dificultad cuando no puedes explicar la primera, y desde el momento en que es posible que la naturaleza haya hecho por sí sola lo que le atribuyes a tu dios, por qué quieres buscarle un amo? La causa de que no comprendas es quizá lo más simple del mundo. Perfecciona tu física y comprenderás mejor la naturaleza, depura tu razón y entonces no tendrás necesidad de tu dios.

 El Sacerdote: ¡Desdichado! Sólo te creía sociniano, tenía armas para combatirte, pero veo claramente que eres ateo, y desde el momento en que tu corazón se niega a la inmensidad de las pruebas auténticas que recibimos cada día de la existencia del creador, no tengo nada más que decirte. No se le da luz a un ciego.

El Moribundo: Amigo mío, admite un hecho: de los dos, el más ciego es seguramente aquel que se pone una venda que el que se la arranca. Tú edificas, inventas, multiplicas; yo destruyo, simplifico. Tú agregas error sobre error; yo los combato. ¿Cuál de los dos es el ciego?

 El Sacerdote: ¿No crees, pues, en Dios?

El Moribundo: No. Y esto por una simple razón. Es perfectamente imposible creer en lo que no se comprende. Entre la comprensión y la fe deben existir conexiones inmediatas; la comprensión es el primer alimento de la fe; cuando la comprensión no actúa muere la fe, y ésos que en tal caso pretendieran tenerla, mienten. Te desafío a que creas en el dios que me predicas -ya que no sabrías demostrármelo, ya que no está en ti el definírmelo, y, por lo tanto, no lo comprendes- y desde el momento en que no lo comprendes no puedes suministrarme de él ningún argumento razonable, pues, en una palabra, todo lo que está por encima de los límites del espíritu humano es quimera o inutilidad. Si tu dios no puede ser más que una u otra cosa, en el primer caso sería un loco si creyera en él; un imbécil, en el segundo. Amigo mío, pruébame la inercia de la materia y te concederé el creador. Pruébame que la naturaleza no se basta a sí misma y te prometo suponerle un dueño. Hasta entonces, nada esperes de mí, sólo me rindo a la evidencia y sólo la recibo de mis sentidos; dónde ellos se detienen allí mi fe queda sin fuerzas. Creo en el sol porque lo veo, lo concibo como el centro de reunión de toda la materia inflamable de la naturaleza, su marcha periódica me complace sin asombrarme. Es una operación de física, acaso tan simple como la de la electricidad, pero que no nos está permitido comprender. ¿Qué necesidad tengo de ir más lejos? ¿Cuando me hayas levantado los andamios de tu dios por encima de esto, qué habré avanzado? ¿No necesitaré hacer tanto esfuerzo para comprender al obrero como el gastado en definir la obra? Por consiguiente, no me has prestado ningún servicio con la edificación de tu quimera, has turbado mi espíritu sin iluminarlo, y debo odiarte en vez de agradecerte. Tu dios es una máquina que fabricaste para que sirva a tus pasiones, y la has hecho mover a tu capricho, pero desde el momento en que incomoda los míos permíteme que la haya derribado. En el instante en que mi alma débil tiene necesidad de calma y de filosofía no vengas a espantarla con tus sofismas, que la asustarían sin convencerla, que la irritarían sin hacerla mejor. Amigo mío, esta alma es lo que la naturaleza quiso que fuera, es decir, el resultado de los órganos que ha querido formarme en razón de sus designios y de sus necesidades; y como ella tiene una necesidad igual de vicio y de virtud, cuando quiso llevarme hacia el primero así lo ha hecho, cuando ha querido la segunda, me ha inspirado deseos por ella, y me ha entregado a ambos de igual modo. Busca sus leyes como única causa de nuestra inconsecuencia humana, y no busques a sus leyes más principios que su voluntad y su necesidad.

El Sacerdote: Así pues, todo es necesario en el mundo.

El Moribundo: Seguramente.

El Sacerdote: Pues, si todo es necesario, todo está, pues, regulado.

 El Moribundo: ¿Quién dice lo contrario? El Sacerdote: ¿Y quién pudo arreglarlo todo como está si no es una mano omnipotente y sabia?

El Moribundo: ¿No es necesario que la pólvora se inflame cuando se le aplica el fuego?

El Sacerdote: Sí.

 El Moribundo: ¿Y qué sabiduría encuentras en eso?

El Sacerdote: Ninguna.

El Moribundo: Es posible, pues, que haya cosas necesarias sin sabiduría, y posible, por consiguiente, que todo derive de una causa primera, sin que haya razón ni sabiduría en esta primera causa.

El Sacerdote: ¿A dónde quieres llegar?

El Moribundo: A probarte que todo puede ser lo que es y lo que no es, sin que ninguna causa sabia y razonable lo conduzca, y que efectos naturales deben tener causas naturales, sin que haya necesidad de suponerle otras antinaturales, como lo sería tu dios, ya que él mismo tendría necesidad de explicación sin suministrar ninguna. Y, por consiguiente, desde que tu dios no es bueno para nada, es perfectamente inútil; y como hay gran probabilidad de que todo lo inútil es nulo y de que todo lo nulo es la nada, así pues, para convencerme de que tu dios es una quimera no tengo necesidad de otro razonamiento fuera del que me suministra la certeza de su inutilidad.

El Sacerdote: Sobre este pie me parece innecesario hablarte de religión.

El Moribundo: ¿Por qué no? Nada me divierte tanto como la prueba del exceso de fanatismo y de la imbecilidad humana sobre este punto. Son extravíos tan prodigiosos que el cuadro, aunque horrible, a mi juicio es siempre interesante. Responde con franqueza, y, sobre todo, destierra el egoísmo. Si fuera tan débil que me dejara sorprender por tus ridículos sistemas de la existencia del ser que hace necesaria la religión, ¿bajo cuál forma me aconsejarías que le rindiera culto? ¿Quisieras que adoptara los desvaríos de Confucio mas bien que los absurdos Brahama? ¿Que adorara a la gran serpiente de los negros, al astro de los peruanos o al dios de los ejércitos de Moisés? ¿A cuál de las sectas de Mahoma quisieras que me rindiese? ¿Qué herejía de los cristianos es, a tu juicio, preferible? Cuidado con tu respuesta.

 El Sacerdote: ¿Puede ser dudosa?

El Moribundo: Dila, pues, egoísta.

El Sacerdote: No, sería amarte tanto como a mí si te aconsejara lo que yo creo.

El Moribundo: Y es querernos muy poco el escuchar semejantes errores.

 El Sacerdote: ¿A quién pueden cegar los milagros de nuestro divino redentor?

El Moribundo: A quien no vea en él sino al más ordinario de todos los bribones y al más
vulgar de todos los impostores.

El Sacerdote: ¡Dios, lo escuchas sin descargar tu ira!

El Moribundo: No, amigo mío, todo está en paz porque tu dios, sea por impotencia, sea por razón, o, en fin, por lo que tú quieras, es un ser al que admito por un momento sólo por condescendencia a ti, o, si lo prefieres, para prestarme a tus pequeños designios, porque ese dios, repito, si existiera como tienes la locura de creerlo, no puede, para convencernos, haber tomado los medios tan ridículos como los que tu Jesús supone.

El Sacerdote: ¡Cómo, las profecías, los milagros, los mártires, no son pruebas?

 El Moribundo: ¿Cómo quieres, en buena lógica, que pueda recibir como prueba aquello que necesita probarse? Para que la profecía sea una prueba sería necesario, primeramente, que yo tuviera la certidumbre completa de que ha sido hecha; pues, al consignársela en la historia sólo tiene para mi la fuerza de los otros hechos históricos, dudosos en sus tres cuartas partes; y si a esto agrego la apariencia más que verdadera de que me han sido transmitidos por historiadores interesados, estaría, como lo ves, más que en mi derecho para dudar de ellos. ¿Quién me asegura, por otra parte, que esa profecía no ha sido hecha con posterioridad, que no ha sido el efecto de la combinación de la más simple política como la de concebir un reino feliz bajo un rey justo, o la de la helada en invierno? Y si esto es así, ¿cómo quieres que la profecía, al tener tanta necesidad de ser probada, pueda convertirse en prueba? Con respecto a tus milagros, ellos tampoco se me imponen. Todos los bribones los han hecho, y todos los tontos los han creído. Para persuadirme de la verdad de un milagro tendría necesidad de estar muy seguro de que el acontecimiento que tú llamas de esa manera fuera absolutamente contrario a las leyes de la naturaleza, pues sólo lo que está fuera de ella puede pasar por milagro. ¿Y quién la conoce bastante para atreverse a afirmar cuál es precisamente el punto en que se detiene y cuál es el que infringe? Bastan dos cosas para acreditar un pretendido milagro, un titiritero y unas mujerzuelas. Vamos, no busques jamás un origen distinto para los tuyos. Todos los nuevos sectarios los han hecho, y, lo que es más singular, todos encontraron imbéciles para creerles. Tu Jesús no ha hecho algo más singular que Apolonio de Tiana, y, sin embargo, nadie ha pensado en tomar a éste por un dios. En cuanto a tus mártires, éste es el más débil de tus argumentos, sólo falta el entusiasmo y la resistencia para hacer mártires, y mientras la causa opuesta me ofrezca tantos como la tuya, jamás estaré lo suficientemente autorizado para creer a la una mejor que la otra, sino muy inducido, en cambio, a suponer despreciables a ambas. ¡Amigo mío! Si fuera verdad que existe el dios que predicas, ¿tendría necesidad de milagro, mártir o profecía para establecer su imperio? Y si, como dices, el corazón humano fuera su obra, ¿no sería ése el santuario que hubiera elegido para su ley? Esta ley igual, pues emanaría de un dios justo, se encontraría de manera irresistible grabada igualmente en el corazón de todos, y, de un extremo al otro del universo, todos los hombres, al ser semejantes por ese órgano delicado, igualmente serían semejantes por el homenaje que rendirían al dios que le hubiera dado este corazón, no tendrían más que una manera de amarlo, más que una manera de adorarlo y servirlo y tan imposible les sería desconocer ese dios como resistir a la inclinación secreta de su culto. ¿En vez de eso, no veo en el universo tantos dioses como países; tantas maneras de servir a esos dioses como
diferentes cabezas o diferentes imaginaciones hay? Esta multiplicidad de opiniones, en la cual físicamente me es imposible elegir, ¿sería, a tu juicio, la obra de un dios justo?. Vamos, predicante, ultrajas a tu dios al presentármelo de esta manera. Déjame negarlo completamente, pues si existiera, entonces le ultrajaría menos mi incredulidad que tus blasfemias. Vuelve a la razón, predicante, tu Jesús no vale más que Mahoma, Mahoma, menos que Moisés, y estos tres, menos que Confucio, quien, sin embargo, dictó algunos buenos principios mientras que los otros tres disparataban. Pero, en general, todos éstos no son más que impostores, de los cuales el filósofo se ha burlado, y a los cuáles la canalla ha creído, y a los cuales la justicia hubiera debido ahorcar.

 El Sacerdote: ¡Ay de mí, sólo lo hizo con uno!

El Moribundo: Era el que más lo merecía. Sedicioso, turbulento, calumniador, bribón, libertino, grosero, farsante y malvado peligroso, poseía el arte de engañar al pueblo y mereció, por lo tanto, el castigo de un reino en el estado en que se encontraba entonces el de Jerusalén. Fueron muy prudentes al deshacerse de él, y es quizás el solo caso en que mis máximas, extremadamente dulces y tolerantes por lo demás, admiten la severidad de Temis. Excuso todos los errores, salvo aquellos que pueden ser peligrosos para el gobierno en que se vive. Los reyes y sus majestades son las únicas cosas que se me imponen, las únicas que respeto, pues quien no ama a su país y a su rey, no es digno de vivir.

 El Sacerdote: Pero, en fin, admitirás algo después de esta vida, es imposible que tu espíritu no se haya complacido, algunas veces, en atravesar la espesura tenebrosa de la suerte que nos espera. ¿Qué sistema puede ser más satisfactorio que el de una multitud de penas para quien vivió mal y el de una eternidad de recompensas para quien vivió bien?

 El Moribundo: ¿Cuál, amigo mío? El sistema de la nada nunca me ha espantado: es consolador y simple. Todos los otros son obra del orgullo, sólo éste lo es de la razón. Por lo demás, no es ni espantosa ni absoluta esa nada. ¿No tengo ante mi vista el ejemplo de las generaciones y regeneraciones de la naturaleza? Nada perece, amigo mío, nada se destruye en el mundo. Hombre hoy, gusano mañana, pasado mañana mosca, ¿no es siempre existir? ¿Y por qué quieres que me recompensen por virtudes cuyo mérito no tengo, o me castiguen por crímenes cuyo dueño no he sido? ¿Puedes conciliar la bondad de tu pretendido dios con este sistema, y puede él haber querido crearme para darse el placer de castigarme, y esto sólo a consecuencia de una elección de la que no he sido dueño?

El Sacerdote: Lo eres.

El Moribundo: Sí, según tus prejuicios. Pero la razón los destruye. Y el sistema de la libertad humana sólo fue inventado para fabricar el de la gracia que llegó a ser tan favorable a tus desvaríos. ¿Qué hombre en el mundo, si viera el patíbulo junto al crimen, lo cometería si fuera libre de no cometerlo? Una fuerza irresistible nos arrastra, y ni por un instante somos dueños de determinarnos por nada que no esté del lado hacia el cual nos inclinamos. No hay una sola virtud que no sea necesaria a la naturaleza; y, reversiblemente, ni un solo crimen del que no tenga necesidad, y toda su ciencia consiste en el perfecto equilibrio en que mantiene a ambos. ¿Podemos ser culpables del lado hacia el que nos arroje? Tanto como la avispa que clava su aguijón en tu piel.

El Sacerdote: Así, pues, ¿los crímenes más grandes no deben inspirarnos ningún espanto?

 El Moribundo: No he dicho eso. Basta que la ley lo condene y que la cuchilla de la justicia lo castigue para que nos inspire la aversión o el terror, pero desde que desdichadamente se haya cometido, hay que saber tomar su partido y no entregarse a estériles remordimientos. Su efecto es vano, pues no pudo preservarnos de él; nulo, pues no lo repara. Es absurdo, pues, entregarse a los remordimientos, y más absurdo aun temer el castigo en el otro mundo si somos bastante dichosos de haber escapado al castigo de éste. Dios no quiera que vaya con esto a estimular el crimen, hay que evitarlo tanto como se pueda, pero es por la razón que es necesario huirle, y no por falsos temores que no consiguen nada, y cuyo efecto se destruye tan rápido en un alma firme. La razón, amigo mío; sí, sólo la razón debe advertirnos que perjudicar a nuestros semejantes no puede jamás hacernos felices, y nuestro corazón, que contribuir a su felicidad es lo más grande que la naturaleza nos haya acordado en la tierra. Toda moral humana se encierra en esta sola frase: hacer a los demás tan felices como uno mismo desea serlo, y no causarles nunca. un mal que no quisiéramos recibir. Estos son, amigo mío, estos son los únicos principios que debemos seguir y no hay necesidad de religión ni de dios para apreciarlos y admitirlos: Sólo se necesita un buen corazón. Pero siento que me debilito, predicante. Abandona tus prejuicios, sé hombre, sé humano, sin temor y sin esperanza, abandona tus dioses y tus religiones. Todo esto sólo es bueno para poner cadenas en las manos de los hombres, y el solo nombre de todos estos horrores ha hecho verter más sangre en la tierra que todas las otras guerras y plagas juntas. Renuncia a la idea del otro mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz y de hacer la felicidad en éste. Esta es la única manera que te ofrece la naturaleza rara duplicar o extender tu existencia. Amigo mío, la voluptuosidad siempre fue el más querido de mis bienes, le he ofrecido incienso toda mi vida, y quiero terminarla en sus brazos. Mi fin se aproxima. Seis mujeres más bellas que el día están en el cuarto vecino, las reservaba para este momento. Toma de ellas tu parte, trata de olvidar en su seno, a ejemplo mío, todos los vanos sofismas de la superstición y todo los imbéciles errores de la hipocresía.

 Nota: El moribundo llamó, las mujeres entraron y el predicante se convirtió en sus brazos en un hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar lo que era la naturaleza corrompida.

FIN

sábado, 20 de diciembre de 2014

El Invisible

Si se piensa en una muestra o una puesta en escena siempre hay que tener en cuenta, cuando hablamos desde el psicoanálisis, aquello que lo hace ser. Aquello que lo hace ser implica dónde estaría la esencia de eso que aparece, eso que se muestra hacia otro (el espectador) que le da un cierto sentido para significarlo.
En las presentaciones teatrales, en este caso hablamos particularmente del arte de la marioneta, hay que tener en cuenta que se nos abre frente a nuestros ojos una nueva realidad. Pero lo interesante es que el espectador pueda captar algo del orden del deseo de dicho autor, para lo cual debe deponer la mirada y dejar un espacio para que la causa, su Das Ding, su deseo, su Real surja en ese momento y logre ser captado.
Podríamos pensar a una marioneta que por sí sola no significaría nada pero que si su creador logra insertarla dentro de una cadena de significantes por medio de sus hilos, lograría dejar deslizar algo del orden de su deseo, de su música, de su estética; en definitiva, de su amor.
Podríamos pensar al creador como aquel Otro desde donde el personaje surge, ese espacio que mueve los hilos y le da todo un sentido propio del ser-hablante. A su manera, este tipo de creación implica una realidad artística dispuesta a captar las subjetividades de los presentes y lograr que la dinámica de la transferencia se produzca entre el espectador y un muñeco de madera (sin vida en principio) que no habla, o por lo menos no lo hace de una manera fonética.
Así, entonces, podríamos decir que su creador se vuelve invisible. Es aquél que direcciona y propone, aquél que deja entre ver un deseo y su angustia.
Un gran Otro que no puede ser dicho ni visto pero que puede, mediante su presencia que conlleva amores y odios, ser mirado y puesto en una escena mediante la intermediación fantasmática.
Un creador; Otro que actúa, habla y direcciona desde la invisibilidad de su escenario, un lugar de goce que lo posiciona detrás del telón.