sábado, 10 de febrero de 2018

Fragmento Perverso



Pensar la perversión nos lleva, en muchos casos, a generar grandes confusiones a cerca de aquello que en la práctica clínica entendemos por el concepto de “perversión”. Dicho término ha sido abordado desde diferentes perspectivas y, sobre todo, con una condena moral que implica al conjunto del contrato cultural que compartimos.
El concepto “perversión” viene del latín –Pervertere-  que quiere decir invertir o volcar. Es decir, que aquello que se entiende por perversiones ha implicado un vuelco con respecto a lo que se encuentra cultural/socialmente aceptado (desde las prácticas sexuales hasta los mecanismos con los que un sujeto se maneja en su vida cotidiana).
Es decir, que en este sentido, la perversión sería el fracaso de lo que se puede pensar como el deseo, si es que entendiésemos al deseo como aquello que se encuentra direccionado hacia un objeto; objeto desde el cual el perverso instrumenta para su satisfacción.
Sucede que, desde Freud y Lacan, la perversión como estructura clínica presente en un dispositivo analítico comienza a tomar otras vertientes a pensar.
Cabe destacar que la perversión, en este sentido, es entendida como un discurso que aparece en escena en transferencia con la figura del analista. Se suele realizar una gran confusión ya que también pensamos que la constitución fantasmática de un sujeto tiene una esencia perversa; es decir, y aquí se produce dicha confusión, que el fantasma de un neurótico también es perverso, y no solamente por los actings que un sujeto pueda llevar a cabo en su odisea siempre demandante hacia el Otro, sino también porque los rasgos perversos se ponen a la orden del discurso cuando se trata de las relaciones amor/odio.
Tenemos, entonces, que agregar que lo que entendemos por estructura clínica (neurosis, psicosis y perversión) depende de la posición que el sujeto tenga frente a su deseo y el goce que se forma como respuesta ante la inconsistencia siempre presente del Otro. Podemos pensar que allí donde un neurótico hace un síntoma como respuesta a un llamado del Otro; el perverso realiza un acting y toma el goce del Otro como instrumento para apropiarse de él generando, como siempre, angustia satisfactoria.
La trampa es la misma, en todas las estructuras, implica no bancarse la castración del Otro y “hacer “algo en respuesta al lugar donde se lo convoca a responder de alguna forma.
Sucede con la perversión que las implicancias clínicas que esto tiene no suelen caer demasiado en gracia al analista neurótico, es decir, aquello que no se banca éste es esa forma que el perverso encuentra para darle sentido a su ser. Produce angustia y se defiende (o lo deriva).
Es absolutamente mentira que los perversos no consultan ni van al analista; si pensamos de esta forma estaríamos contradiciéndonos ya que en la perversión hay angustia y también deseo; es decir, también es una estructura en falta.
Lo que genera defensa y rechazo es que el mecanismo perverso implica una escena en la cual el objetivo es generar angustia en el Otro y servirse a expensas de ello para gozar y, lo que hace todavía más insoportable a la escucha neurótica es que dicho sujeto esté advertido de todo esto. Quiero decir que existe un cálculo previo para generar angustia y así poder gozar del Otro (puede ser en este caso del analista como de cualquier otro).
Las perversiones nos llevan a re-pensar la estructura neurótica ya que, como diría Freud, es la otra cara de la misma moneda fantasmática.